Ítem № 6 – Las películas de Semana Santa

2010
05.20
Quo Vadis?

Póster de "Quo Vadis?", de 1951. Con Robert Taylor y Deborah Kerr. Dirigida por Mervyn LeRoy. En "Technicolor".

Existe una disciplina que se llama semiótica o semiología que se define como el “estudio de los signos en la vida social”. Otra forma, más sencilla, de verla, es como la ciencia que estudia “el significado del significado”.

Una de las teorías de este campo dice que el significado de todas las cosas se construye a partir de dos elementos: el significado (lo que el objeto “es”) y el significante (lo que hace que el objeto sea que sea; es decir, lo que es para el observador).

¿A dónde voy con todo esto? Bueno. Las famosas “películas de Semana Santa” como Quo Vadis? (1951), Los Diez Mandamientos (1956) y Ben-Hur (1959) –por mencionar algunas cuantas– par muchas personas representan lo aburrido de la Semana Santa; el tedio de no salir de vacaciones… “lo mismo de siempre” –como decía un candidato-; en fin, algo negativo.

Ese es el significado que le dan. No sé qué tipo de experiencias habrán tenido muchas de estas personas para construir tales significantes. En fin… en cualquier caso, para mí representan algo muy diferente.

Por ejemplo: ver a los mismos actores salir en diferentes películas, Peter Ustinov, por ejemplo, como Nerón en Quo Vadis?, como esclavo en El Egipcio (1954) y, como tratan de esclavos en Espartaco (1960) me hace pensar en el sistema de estudio imperante en Hollywood hasta 1950 (como Televisa en la actualidad); la forma en que estereotipaban a los actores y actrices o, la grandiosidad de tener a miles de extras en tomas irrepetibles.

O, también, me hacen pensar en la forma en que los historiadores y la posmodernidad han influenciado en el discurso y la autenticidad histórica de las películas. Comparen, por ejemplo, al Moisés de Los Diez Mandamientos de 1956, con Charlton Heston, y al de 2006 con Dougray Scott.

Incluso me hacen pensar en los vehículos de evangelización en que se terminaron convirtiendo estas súper producciones porque, ¿acaso los romanos de nuestras procesiones nos se parecen más a los de Quo Vadis? que a los del “History Channel”?

Estos son algunos de los significantes que yo le doy a estas películas. Pero, también, emocionalmente, me hacen recordar una época más sencilla, cuando no había televisión por cable, uno se guardaba el Viernes Santo (aunque uno estuviera en la playa) y, por unos días, sólo se comía pescado, rosquillas y chiverre.

Más no estoy tratando de glorificar el pasado, ni quejándome del presente. Simplemente, trato de explicar porqué para mí las películas de Semana Santa son mí tradición. Mi forma de celebrar la Semana Mayor. Y, por eso, me duele que cada año pasen menos películas, durante menos días… Es, no sé, como si se me quisieran robar el Tiempo ¿extraño, verdad?

[NOTA: Como dije, he estado tratando de establecer la periodicidad de esta bitácora.  Este último mes en particular fue bastante complicado, por lo que me disculpo de no haber subido ninguna entrada. Prometo ser más consistente con el Gabinete…].

Ítem № 5 – Enciclopedia UTEHA para la Juventud

2010
03.29
Algunos tomos de la Enciclopedia UTHEA para la juventud. Nótese el gusto de la encuadernación...

Algunos tomos de la Enciclopedia UTHEA para la juventud. Nótese el gusto de la encuadernación...

Estos libros son algo especial. Sacando un promedio generacional, posiblemente estén en las casas de muchos de sus abuelos quienes, a su vez, los compraron para sus padres.

Se trata de la Enciclopedia UTHEA para la Juventud (por cierto: UTEHA significa “Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana”), una hermosa colección de 10 tomos en pasta dura.

Editados en 1956… o sea, hace… 54 años a la fecha de hoy… cada vez que hojeo estos libros, pienso en el maravilloso trabajo que hacían los enciclopedistas antes de la era del Internet.

Para empezar, déjenme describirles la colección como objeto físico.

Por ejemplo, el solo hecho de que sean a pasta dura, en cuero o una imitación mucho mejor que las actuales, en un tipo de empaste que ya no se encuentra. Vean los dorados de la foto.

Segundo, el papel. Nada de esa porquería de bond 20 o papel periódico, de esos que se ponen amarillos casi que sacados del plástico. No. Son de cartoné holandés. Aun se ven nuevos.

Tercero el uso de las tintas. Casi todo es a dos colores, negro y rojo, pero usadas con tal gusto y maestría que a veces se olvida que es a dos tintas. Lo único donde se ve es en las fotografías.

Las ilustraciones, sin embargo, son otra cosa. A cuatro tintas, las acuarelas con las que se ilustran los cuentos y las leyendas son algunas de las acuarelas más fantásticas que he visto en mi vida. Las ilustraciones del Jardín del Paraíso y La Reina de las Nieves prescinden del texto.

Pero, lo mejor de todo, es el contenido.

¡Es increíble como, 10 años después de la más horrorosa guerra que haya visto este planeta, estos libros están llenos de esperanza!

Los editores se tomaron el trabajo de buscar información  de Japón, Alemania, Italia, Rusia y muchos países africanos recién independizados, y presentarlos como pueblos virtuosos, llenos de tradiciones y una cultura refinada y exquisita, lejos de nuestros actuales estereotipos.

La colección era para esa época, y no estoy exagerando, el equivalente a Wikipedia.

Además, cada tomo recoge cuentos tradicionales (“En el país de las hadas”), leyendas y mitologías de todo el mundo. Desde la Grecia clásica, hasta Alaska, Polinesia y la Patagonia.

Leyendo la UTHEA viaje por el Olimpo de los dioses, navegué junto a Magallanes, conocí a la bruja Baba Yaga, al buen rey Wenceslao de Polonia, y la historia de los profetas bíblicos…

Si algún día tengo hijos, antes de regalarles una computadora, voy a sentarme a leerles estos libros, para que después viajen por sí solos. Creo que es de los mejor que podría obsequiarles.

Ítem № 4 – El chocolate

2010
03.19
Barras, polvo y rayadura de chocolate.

Barras, polvo y rayadura de chocolate.

Hoy voy a escribir sobre mi némesis: el chocolate. Y le llamo así porque, a pesar de que sé que algún día podría ser mi perdición, lo encuentro sencillamente irresistible.

Posiblemente, si yo fuera estadounidense, estaría dentro del 43% de la población que considera al chocolate como un producto básico sin el cual no pueden vivir, como el agua.

De hecho  la palabra “chocolate” –que viene del nahual xocoatl–significa, literalmente, “agua (xoco) amarga (atl)”, pues era así como los antiguos mayas y aztecas lo preparaban.

Preparada con los granos del cacáhuatl (del cacao, no del cacahuate), el chocolate tenía usos tanto culinarios, como medicinales y rituales.

Cuando los españoles la conocieron, la mezclaron con otro vegetal americano, la vainilla, así como con azúcar, que habían aprendido a hacer de la caña gracias a los árabes quienes, a su vez, la habían conocido en la India… ¡viva la globalización!

En fin. Ya para 1657 existía una “casa de chocolate” en Londres –en la mejor tradición de los salones de té o Tearooms–y, para 1674, se había descubierto como hacer sólido el chocolate.

Sin embargo la verdadera popularización del chocolate vendría de la mano de la industrialización decimonónica, específicamente en los Estados Unidos de América.

En aquel país dos hombres emprendedores, George Cadbury y Milton Hershey (¿suenan, los nombres?) se dieron a la tarea de producir chocolate, ya no artesanalmente, sino en fábricas.

De hecho, y en la mejor tradición de la industrialización estadounidense, una ciudad completa surgió alrededor de una de estas fábricas (la de Cadbury): Bournville, un ejemplo del movimiento garden city, que buscaba combinar lo mejor del campo y la ciudad.

Esta población es hoy parada obligada para cualquier estudiante de urbanismo en ese país.

Pero, volviendo al chocolate, a Milton Hershey se le atribuye ser el primer estadounidense en lograr combinar leche con chocolate en una confitura sólida.

Y digo el primer estadounidense, porque en Europa tal honor se le atribuye al alemán Henri Nestlé (¿qué pasa con estos nombres?), el también inventor de la leche condensada.

Hoy día, el chocolate es un mercado que mueve anualmente $50 mil millones de dólares y del cual dependen unas 14 millones de personas, en toda la cadena de producción.

70% de esa producción se consume en los Estados Unidos de América; el 20% en Europa, y el restante 10% en el resto del mundo…  entre los cuales yo me incluyo en este preciso instante.

[NOTA: He estado tratando de establecer la periodicidad de este blog.  Tengo planeado actualizarlo dos veces por semana, idealmente los lunes y los jueves, pero, hasta que no empiece a fluir un poquito más de tráfico, creo que de momento lo actualizaré por semana.]

Ítem № 3 – La revista Tambor

2010
03.09
Portada de una revista Tambor. La imagen la tomé del sitio del escritor Carlos Rubio.

Portada de una revista Tambor. La imagen la tomé del sitio del escritor Carlos Rubio.

Entre mis recuerdos más hermosos está el de la revista infantil tambor. Recuerdo que me suscribieron desde que salió, más o menos en marzo de 1986, cuando cursaba primer grado.

Desde entonces, cada quincena, y creo que durante al menos seis años, hubo una Tambor en mi casa. ¡Eran tan interesantes! Traían reportajes, juegos, cuentos y una historieta.

Y cómo en aquel tiempo todavía faltaban unos años para el Internet, aquella revista, junto con el televisor, eran de mis principales fuentes de información (tenía 7 años, ¿ok?).

Para mí eran algo especial. En la Tambor recuerdo haber leído sobre criaturas mitológicas, platillos voladores, el método científico e historia de Costa Rica.

Igualmente aprendí como hacer “tanelas”, “resbaladera”, y un huevo en el hueco de un pan tostado. Aunque, confieso, este último nunca me salió muy bien…

Del mismo modo, me encantaba la “Cátedra de Lapicillo” –uno de los personajes antropomórficos que poblaban las páginas– donde le daban a uno consejos para dibujar.

Volviendo a la Tambor, una sección que disfrutaba mucho eran las “entrevistas” a los personajes de televisión del momento. Los transformers, los Picapiedra, la Familia Biónica.

Éstas eran divertidas, en especial por los errores en los que caían los redactores; “¡Poderes de la familia biónica, actívense!” ¬¬’ ¿Qué esos no eran los patéticos de los gemelos fantásticos?

Pero sin duda la sección que más disfrutaba era la historieta. ¡Cómo eran de sencillas e ingeniosas las aventuras de los “Amigos de Tambor”!

Toda una colección de arquetipos era aquella chiquillada: el estudioso de Quique; Juan, el tortero y streetwise; Pepe Latas, el músico; Johnny, el negrito deportista; Oki, el japonés inventor; Alberto, el niño rico y estudioso; y Ramón, el glotón del grupo.

También estaban Carla, la niña rica; Clarita, la futura ama de casa; Rocío, que venía de la montaña; Lucrecia, la pintora; Mariquita, la campesina, y Fuli, una perrita que los acompañaba. Posteriormente integraron a “Vinagrera”, el guarda civil, como antagonista.

Tristemente, cuando llegué a la adolescencia, mi colección de revistas Tambor pasó a manos de un primo lejano que, estoy seguro, no las supo apreciar. Solamente me dejé unas cuantas.

Por su parte, la publicación feneció cuando perdió a su público, pues trató de pasar de una revista infantil a una revista para adolescentes. No duró ni siquiera un año.

Más de aquella extinta publicación, además de todo lo que aprendí y disfruté, llegué a conocer el maravilloso trabajo de artistas costarricenses como el cuentista Carlos Rubio, y los ilustradores Félix Arburola y Vicky Ramos. Pero, de ellos, hablaré en otros ítems.

Ítem № 2 – El Vuelo de los Dragones

2010
03.04
Danielle, Giles, "Golpezás" y Sir Orrin, en una escena de "El Vuelo de los Dragones" (1982)

Danielle, Giles, "Golpezás" y Sir Orrin, en una escena de "El Vuelo de los Dragones" (1982)

Una de las cosas que más disfruto en la vida son las buenas historias. Ya sean cuentos, novelas, series de televisión o películas, nada capta tanto mi interés como un relato bien hecho.

Por eso es que hoy quisiera contarles sobre una de las primeras historias de las que guardo memoria y que, meditándolo, posiblemente definió varios de mis gustos actuales.

Que interesante como algunas cosas nos marcan, pero hasta años después venimos a darnos cuenta de ello…

En fin. La historia en cuestión se llama El vuelo de los dragones (en su inglés original The Flight of Dragons) y la vi por primera vez en televisión, el 9 de septiembre de 1987 ó 1988.

Y recuerdo la fecha porque antes los canales de televisión, cuando eran todos nacionales, cambiaban su programación regular en fechas especiales. En este caso, por ser Día del Niño.

Pero volviendo a la historia, en El vuelo… se cuentan las aventuras del científico Peter Dickenson, quien es escogido para ayudar al menguante mundo de la Magia.

Transportado mágicamente por medio de un tablero de juego a un mundo de fantasía (¿Dungeons & Dragons, alguien?), Peter conocerá a numerosos amigos y enemigos.

Entre los primeros están los tres magos “buenos”: Carolinus, Solarius y Lo Tae Zhao. Además, el caballero Sir Orrin Neville-Smythe, el lobo Aragh, la arquera Danielle y el bandido Giles.

Además, muy importantes, los dragones Smrgol  y “Golpezás” (curiosa traducción de Gorbash, su nombre original) y, por supuesto, la princesa Melisande, hija de Carolinus.

Como contraparte, estaba el malvado mago rojo, Ommadón y su dragón negro Bryagh, quien quería, como sus hermanos, salvar el mundo de la Magia, pero usando el odio y la ignorancia.

La trama, sobra decir, consistía en que el grupo de aventureros debía detener los planes de Ommadón y, para hacerlo, ocupaban quitarle su corona roja, fuente de sus poderes oscuros.

La película me gustó mucho. Y, como lo mencioné al principio, meditándolo desde el ahora siento que influyó en mi gusto por todo lo relacionado con la fantasía, el mito y la narrativa.

El vuelo de los dragones fue producida en 1982 por el estudio Rankin/Bass, el mismo que produjo otra joya, El último unicornio –también de ese año, y de la que escribiré en otro ítem.

Adicionalmente, a este estudio también le debemos series animadas de televisión como los ThunderCats, los Halcones galácticos (Silverhawks) y los Tigres del mar (Tigersharks).

Pero, como bemol, ellos también fueron los que animaron dos de los opus magnas de J.R.R. Tolkien: el Hobbit (1977) y El Retorno del Rey (1980)… como musicales ¬¬’

Ítem № 1 – El gabinete

2010
03.01
Esquina de un gabinete, pintada por Frans II Francken en 1636. La imagen es de Wikimedia commons.

Esquina de un gabinete, pintada por Frans II Francken en 1636. La imagen es de Wikimedia commons.

Tal como lo adelanté en mi entrada anterior (Ítem № O), una serie de metáforas sobre muebles me hicieron recordar al antiguo “Cuarto de maravillas” o “Gabinete de curiosidades”.

Antiguamente, el gabinete –palabra que viene del francés cabinet o gabinet en su antigua forma– era una pequeña habitación adjunta a los dormitorios de nobles y aristócratas.

Este cuarto era usado como una especie de retiro o habitación privada, la cual solamente podía ser empleada por su dueño para alejarse del diario trajín.

Tanto la decoración como los muebles para estos pequeños cuartos eran diferentes y especiales a los del resto de la mansión o palacio.

De ahí que hoy llamemos “gabinete” a cierto tipo de muebles y de pinturas, pues originalmente eran destinados a esta habitación en particular.

En fin. Durante el Renacimiento algunas personas, como el Emperador Rodolfo II, comenzaron a llenar sus gabinetes con colecciones de arte, fósiles, reliquias religiosas y otra miscelánea.

Fue así como el gabinete comenzó a convertirse en una especie de microcosmos, de espejo del universo que reflejaba el poder del gobernante que lo tenía a su haber.

Y esta tendencia se volvió tan popular entre la realeza que eruditos como Gabriel Kaltemarckt aconsejaban a los monarcas sobre los tres tipos de ítems indispensables en sus gabinetes:

Primero, esculturas y pinturas; segundo, ítems curiosos propios de la Patria o el extranjero; y tercero, cornamentas, cuernos, plumas y otras cosas pertenecientes a animales exóticos.

Pero más allá de servir de entretenimiento a las elites, con el tiempo los gabinetes cobraron importancia como muestrarios del mundo natural, lo que permitió el avance de la Ciencia.

Algunas de aquellas colecciones incluso se convirtieron con el tiempo en las antecesoras de nuestros actuales museos, por lo que “gabinete” también pasó a significar:

“Local en que se exhibe una colección de objetos curiosos o destinados al estudio de una ciencia o arte”  (4.a acepción según el Diccionario de la Real Academia Española [DRAE]).

Todavía a comienzos del siglo XX todavía se hablaba de “gabinetes de Física” o “gabinetes de Química” para designar los equipos y laboratorios utilizados en estas disciplinas.

De hecho en nuestro país, una de las primeras preocupaciones tras la fundación del Liceo de Costa Rica fue, precisamente, la de dotarle de uno de estos gabinetes para fines pedagógicos.

En cualquier caso –porque siento que ya me extendí más de lo necesario– decidí llamar a este blog Gabinete de maravillas precisamente por ser eso para mí: una colección de hermosos recuerdos y cosas diversas que quiero compartir.

Ítem № 0 – Este blog

2010
03.01

Este es el segundo intento que realizo de escribir una bitácora electrónica (en inglés web log o, más común, blog). No voy a contarles cuál fue el primer intento.

Desde que supe de su existencia, hace algunos años, siempre había querido escribir mi propio blog. Sin embargo, nunca se me había ocurrido sobre que tema hacerlo.

¿Sobre mi vida? Pues no creo que mi vida sea tan interesante como para escribirla. Aunque, para ser honestos, tal vez sea la idea de exponerme en la Red la que no me atrae.

Después de todo, soy de una generación donde el término Big Brother tiene connotaciones mucho más siniestras y menos relacionadas con la fama que en la actualidad.

¿Sobre mi trabajo? ¡No gracias! Pero no lo tomen a mal: me encanta mi trabajo. Lo que pasa es que quiero que mí blog sea algo alternativo, y no una extensión, de lo que hago todos los días.

¿Sobre algo que me interese, que me apasione? ¡Válgame! Tantas cosas me interesan y me apasionan, que sinceramente no sabría de dónde escoger.

En fin… así he pasado varios meses hasta que, hace unos días, escuche de pasada una conversación donde alguien hablaba sobre las “gavetas” que le tenía a la gente.

Y, por “gavetas”, esta persona quería decir rencores y resentimientos. Que lindo, ¿verdad? En cualquier caso, me gustó la metáfora del mueble.

Metáfora que, a su vez, me hizo recordar una frase similar que le escuche decir a Bree Hodge (en ese entonces Bree Van de Kamp), una de las protagonistas de Esposas desesperadas.

La máxima era algo así: “uno toma sus sentimientos y los guarda en una caja, que coloca en un armario, en lo más profundo de tu mente. Y cuando estás sola, tarde en la noche, los sacas y lidias con ello”.

Nuevamente, la idea me parece horrible, además de psicológicamente insana. Sin embargo, de nuevo tenemos ahí la metáfora del mueble, que fue lo que me gustó.

Pensar en las gavetas rencorosas y los muebles psicóticos me hizo recordar algo que podía utilizar de una manera mucho más hermosa y positiva, como metáfora, para mi blog.

Un algo que, antiguamente, se conocía como “gabinete de curiosidades” o “cuarto de maravillas”… pero de lo cual escribiré con más detalles en mi próxima entrada o post.

Pero, de momento, me contento con haber comenzado a escribir.


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